11 agosto 2013

Cometa ISON

En este modelo del cometa ISON se puedern ver las fechas y pasos que hará de ahora en más. Es un modelo configurable a gusto.

10 agosto 2013

Ya estás pronto a marchar…

El 8 de Marzo del año pasado 2012, mi madre partió en el mismo día de su cumpleaños. el impacto para mi padre fue devastador. Eran una pareja tan unida, tan simbiótica en su modo de funcionar. Durante las noches solían reunirse en la mesa del comedor y compartir en silencio las actividades que cada uno gustaba de hacer. Mi madre tejiendo o haciendo palabras cruzadas que consultaba con mi padre cuando se veía trabada. Mi padre ofrecía algún sandwich de queso o un caldo, quizás unos huevos revueltos o simplemente algo de fruta mientras la noche avanzaba y ellos sumidos en sus quehaceres.

La depresión en la que cayó mi padre, con frecuentes llantos en silencio, sin que nadie pudiera percatarse de su enorme vulnerabilidad emocional y sensibilidad de corazón que siempre lo caracterizó, aunque muy escondido detrás de una fachada de intelectualismos y racionalidad extremas por momentos, propio de su signo de Virgo. Todos en casa conocemos las debilidades  y temores de mi padre y sólo le seguimos la corriente para no se sienta avergonzado, al fin de cuentas es de una generación con una formación mucho más reprimida en la demostración de sus emociones.

Criado por una madre viuda a temprana edad, sola en un país extranjero como Argentina, escapando de la primera guerra mundial de una Alemania pronta a caer en las redes del conflicto, por allá en 1913. Sorpresivamente descubrió mi padre que su papá había fallecido 8 años atrás a su edad de 3 años. El impacto fue poderoso y siendo el menor de tres hermanos con marcada diferencia en edades, su mundo era muy personal y solitario. Fue creciendo condicionado a no tener con quién confiar sus emociones, sus inquietudes y angustias y una notoria programación de arreglárselas por sí mismo y no molestar a los demás con sus problemas. Este pasado hizo de él una persona dura de gran corazón. Es por lo anterior que entiendo su negativa a mostrar abiertamente el dolor sobre la pérdida de su gran amor en esta vida. Su luz poco a poco empezó a palidecer con el correr de los meses.

En Marzo de este año se cumplió el primer año de la muerte de mi madre, de la ausencia de su sostén incondicional, de su gran amor, su pasión de vida. Desde entonces su cuerpo empezó a responder a su ánimo cada vez más encerrado en sus cavilaciones y pensamientos inescrutables por nosotros, sus hijos. Pero claro, no podía engañarnos y al sentirse descubierto en su dolor y sufrimiento, con una mueca se rasca la nariz e inventa una excusa que resulta poco creíble. En silencio presenciamos su dolor tratando de no forzarlo a abrirse y sentirse vulnerable ante nosotros.

No soy padre y supongo que es inevitable que nos vean a nosotros, sus hijos, como niños toda la vida, aunque ya hayamos pasado la barrera de los 50 años y nos hayamos convertido en hombres y mujeres independientes. Son estos acuerdos tácitos que por momentos nos molesta pero con los que aprendemos a complacer con algún gesto de desacuerdo o fastidio que se diluye al ver más profundo y comprender lo que yace detrás de las fachadas y los roles asumidos.

La historia entre mi padre y yo ha estado desde mi temprana edad y adolescencia, plagada de subibajas, de curvas cerradas y terrenos escarpados que con el tiempo henos logrado superar y pavimentar hasta conocer nuestras naturalezas mutuas y respetarlas en un proceso largo y en ocasiones doloroso de aceptación mutua. Pero lo cierto es que hemos alcanzado la privilegiada posición de admiración mutua y de orgullo de reconocernos el uno al otro padre e hijo, hombres muy diferentes pero muy semejantes unidos por nuestros principios básicos de lealtad a nuestras convicciones, a nuestro sentir y, por qué no, a nuestros miedos y limitaciones individuales disfrazadas.

Llegar a la comprensión en un lenguaje silencioso y respetar eso ha sido un gran logro mutuo que pudo con las diferencias y llevó a que nuestro amor mutuo pudiera ser expresado y demostrado sin trabas ni pruritos morales.

Mi padre ha regresado a casa. Yace en su cama recostado durmiendo sobre el colchón que ocupara mi madre de su lado de la cama. Es para mi un símbolo de su unión y al mismo tiempo de su preparación para encontrarse con ella muy pronto. Duerme profundamente mientras quizás revisa sus memorias de este paso por la tierra, debatiéndose entre el miedo a soltar y las justificadas razones que le dicta su cuerpo para hacerlo y liberarse de la osamenta pesada que ya casi no puede articular. Los tiempos que pasa en sueño profundo exceden los de vigilia. Su alma se apresta a partir y preparar el terreno para una nueva existencia en reinos que por ahora nos resultan imaginarios o desconocidos. Quizás mi madre lo reciba, o su madre, o su padre o todos juntos. Pensar en ello me reconforta pero sé que no es más que una creencia personal y colectiva que sirve de consuelo para mi corazón que empieza a llorar en silencio.

Estaremos los cuatro hermanos reunidos a su lado en estos próximos días, brindándonos apoyo unos a otros pero viviendo cada uno este tiempo de manera muy íntima y personal, lidiando cada uno a su manera y como podamos con la despedida del último referente que nos aportó la vida y esta oportunidad de realizarnos en el camino que nos ha tocado.

Cuando veo en los ojos de mis hermanos, veo el reflejo del amor que mis padres han sabido darnos. Estamos los cuatro experimentando una revisión interna supongo y pensando en lo que viene después, de cómo será. Uno nunca está preparado para la muerte de sus padres y menos aún cuando es el último de ellos el que se va y nos declara huérfanos. Tal vez es el mejor regalo que nos hacen y su partida nos declare individuos independientes por primera vez, sabiendo que ninguno de ellos estará para darnos confort o protección, para salir en nuestro auxilio si así lo necesitamos. Es el inicio de una nueva etapa en la vida, así lo siento ahora.

Mi mente recorre azarosa memorias de tiempos pasados de mi infancia, de vivencias de mi adolescencia, de mi juventud, refresca secretos que supe guardar a mis padres y que con esfuerzo aprendí a sincerar superando vergüenzas, culpas o miedos que hoy reconozco infundados. Aprendo estos días lo simple que debería ser la relación entre padres e hijos y lo complejo que lo hacemos, hundiéndonos en intelectualismos y razones irracionales, emociones sin sustento real que sin darnos cuenta nos aleja más y más de la simplicidad del amor que sustenta el vinculo que queda sellado en sangre.

Me cuesta imaginar que quizás en una semana o dos ya mi padre pueda no estar más presente en esta casa. Sé que no habrá un diálogo de ida y vuelta, que la cotidianeidad compartida estos últimos diez años desde mi parálisis se irá para siempre.

También reconozco será un aprendizaje nuevo para los dos esta etapa de la relación entre nosotros en la que seré yo quien hable y él guardará silencio.

Papá, siento un amor profundo por vos que no sé bien como cuantificar, pero sé que está allí así como puedo sentir el tuyo hacia mi. Eso nunca cambiará y sé también que nunca más nos sentiremos solos, estemos donde estemos.

Un beso grande, un apretado abrazo y una mirada eterna a tus ojos por última vez.

Fotos Camara 072