17 junio 2007

De regreso

Treinta días pasaron desde que me mudé a la cabaña y ya estoy de regreso en casa otra vez.
Es como irse de vacaciones, uno disfruta de la salida pero añora volver a casa.
Indiscutiblemente la experiencia fue todo un éxito en todo sentido. Los primeros días fueron duros para mi cuerpo y mi movilidad. La primera noche me dolía todo y en especial la cintura, una parte de mi cuerpo que no muevo mucho por pasar muchas horas sentado. Con la compañera que tenía en la cabaña que me pedía entrar o salir a cada rato, mis piernas se vieron obligadas a moverse mucho más de la cuenta, así como mi cintura que ejercitó más que los últimos 4 años juntos.
A partir del tercer día los dolores empezaban a ceder y mis movimientos eran más fluídos y naturales. Tenía más estabilidad en el endar y al estar parado mucho tiempo, la cresta ilíaca no me dolía como en otros tiempos. Mis cuadriceps se fortalecieron de tal manera que se me fueron los dolores de la rodilla derecha y mis piernas empezaron a tornearse con mucha rapidéz, como recuperando memoria. Es increíble el cuerpo humano en su capacidad de regeneración.
Esa fue una parte de la experiencia, una muy importante por razones obvias y visibles, pero hubo otras experiencias muy buenas que fueron alimento para mi alma.
Al cabo de una semana de estar en la cabaña mi vida social sufrió algunas modificaciones, recibiendo más visitas y llamados de amigos y amigas. Era como un viaje al pasado, al tiempo en que estaba sano y vivía sólo. Eso me trajo un aire melancólico pero lindo, una especie de revival que me dió más pilas para seguir haciendo los esfuerzos diarios.
Ese primer fin de semana fue cuando empecé a disfrutar de verdad la experiencia de estar sólo en ese hermoso lugar. La temperatura empezó a bajar con ganas y prendí la cocina a leña por primera vez, gozando del calor del fuego y el olor a leña quemada, un buen vino tinto malbec y la compañía de la perra y buena música.
Toda la semana atendí a mis clientes y el fin de semana siguiente quedó coronado por la visita de un chico amigo a quien quiero mucho y con quien fuimos algo así como amantes ocasionales. Cenamos juntos como lo hacíamos cuando venía a quedarse unos días en casa conmigo. Largas charlas de sobremesa o simplemente tirarnos en un sofá o el suelo a escuchar buena música. En este caso, después de cenar, bajamos las lúces y prendimos unos sahumerios y nos acomodamos en un sofá improvisado. Él puso su cabeza sobre mis piernas y yo pasé buen rato acariciando su cabeza y masajeando su cara y frente. Era algo que solíamos hacer antes, muchos años atrás pero que no volvimos a repetir. Es la primera vez que podemos estar solos otra vez, me dijo.
Las palabras sobraban y los disfrutamos de horas de música, vino y caricias oportunas.
Cerca de las 4 de la mañana y cuando se nos acabó la leña nos fuimos a acostar a dormir.
Para mí fue genial al experiencia de dormir acompañado y mimado, de tener a quien me abrace y dormirme así, relajado y sereno pero muy feliz.
Amanecimos al día siguiente y repetimos los rituales del desayuno como antes. Se fue ese mediodía despidiendose con un beso cálido y tierno sobre mis labios.
Sabe Dios cuánto necesitaba de algo así!!
Pasaron los días entre trabajo y ocio, actividad doméstica y caminatas cortas por el bosque con mi andador y la compañía de la perra.
Los días pasaron rápido y la nieve ya lo había cubierto todo, forzándome a permanecer dentro de la cabaña la mayoría del tiempo.
El fin de semana último a mi mudanza invité a cenar a este "amigo" una vez más para despedirnos de la cabaña. Llegó temprano al atardecer con una botella de vino, uno de los que me gustan a mí. Charlamos mientras preparábamos la cena juntos y disponíamos todo para no tener que levantarnos o preocuparnos por nada después. Él encendió el fuego mientras terminaba de preparar la carne para meter al horno, cortar la ensalada y esos temas. Sirvió un par de copas de vino y brindamos por nosotros, por mi recuperación...
Pasaron las horas, cenamos, charlamos, recordamos, nos miramos, nos besamos, bebimos más vino y nos fuimos a acostar y perdernos bajo las sabanas hasta el mediodía siguiente...
Ahora estoy de regreso pero con planes de una mudanza a una casa que me ofrecen. Ojalá se pueda concretar porque es un lugar muy hermoso en medio de un bosque de cipreses y con un arroyo de cinco cascadas que cruza los más de 4000 metros de terreno de montaña, con gran vista al lago Nahuel Huapi y sus islas. Curiosamente está ubicada a una cuadra más arriba de la casa que alquilaba antes de irme a Estados Unidos en el 2000.
Interesante esto de los ciclos en la vida.

1 comentario:

Pablo dijo...

Es un placer ver cómo cada día descubres cosas que te hagan más y más feliz. Me alegro al ver que eres todo un reto para la ciencia y todo un ejemplo para muchos discapacitados. Mucha gente podría aprender de tu evolución y de tu forma de afrontar las cosas, entre la cual me incluyo!! Eres un ejemplo viviente de la teoría de Horacio: enseñar disfrutando. Contigo se aprende disfrutando de tu compañía (y de tu blog, claro!). Gracias por ser así, por permitirnos conocer más de ti (cosa que nos hace quererte más todavía) y por estar a nuestro lado cada día. ^^ Muchos besos!! Te quiero!