07 agosto 2005

En Movimiento

El viernes a la noche empezó a nevar copiosamente y no paró sino hasta cerca de la madrugada. Los copos eran grandes y hacía varíos días que no se veía una nevada así. el sábado cerca del mediodía, mientras tomaba algunos mates, llegaron de sorpresa mi amigo Carmelo, Yannet, su mujer y José, el mayor de sus hijos. Afuera el día era espléndido, con mucho sol y frío y un cielo azúl precioso. Ellos estaban por demás alegres y divertidos y habían llegado montados sobre el Fourtrax de José. De inmediato me instaron a dejar la computadora y salir de mi encierro para acompañarlos a dar un paseo por el paisaje nevado.
- ¡Vamos! No podés quedarte acá encerrado con un día como éste. Dijo Carmelo.
Yannet se me acercó con campera en mano y casi me obligó a ponérmela sin darme oportunidad a decir nada. Yo no estaba muy de ánimo para salir, me encontraba enfrascado en la limpieza de mi computadora, transfiriendo archivos a la pc de mis padres por la conexión de red que compartimos.
José me apuraba para que dejase mi tarea y saliera a dar unas vueltas en el Fourtrax. Estaba tan entusiasmado y contento que no pude decir que no y salí.
Me paré junto al vehículo mirándolo con recelo y desconfianza y no puedo negar que algo de nerviosismo y temor. Hacía años que no subía a uno de estos aparatos y menos aún desde que quedé paralítico, claro que ahora no es el caso porque estoy empezando a caminar con andador y mis piernas están día a día más fuertes.
Subí con dificultad gracias a la ayuda de Carmelo mientras mi mamá no paraba de darle recomendaciones a José, quien sería mi chofer en esta aventura. Carmelo tomó mi andador y abrazando a Yannet se alejaron caminando rumbo a su casa a preparar el almuerzo mientras esperaban a que José y Yo regresaramos del paseo que estábamos por empezar.
Las recomendaciones y pedidos de cuidado de mi madre se iban perdiendo en la distancia mientras me sujetaba con fuerza a la cintura de José que manejaba por la calle completamente nevada.
Descendimos la cuesta detrás de la casa de mis padres y encaró por un sendero en medio del bosque que conduce a un descampado que suele usarse como pisata de motocross enel verano. Atravesamos un arroyo que cruza la huella y con habilidad y "muñeca" sorteó varios vadenes naturales del camino. Atrás yo contemplaba el hermoso paisaje mientras que José preguntaba a cada rato cómo iba. Bien!, responía yo de forma monótona.
Una vez en el descampado, la silueta del Cerro Catedral se imponía como cortada sobre el horizonte. Era un paisaje majestuoso y sobrecogedor. Me sentí excitado y felíz. De repente José paró el andar del cuatriciclo, se bajó y me dijo: - Vamos, manejá vos ahora. No lo dudé ni un instante. Me deslice sobre el asiento y tomé el manubrio. Me dió algunas indicaciones sobre los cambios y se alejó mientras tomaba algunas fotos con su cámara digital.
Dí vueltas despacio mientras ganaba confianza y seguridad y probé de hacer algunos cambios con la mano, agachándome para alcanzar el comando ya que mis piés aún no responden a ciertos movimientos. Cuando cobré confianza, aventura comenzó y me divertí como un adolescente.
El aire frío en mi rostro y las manos era intenso, pero la excitación pudo más. Di varías vueltas, subí lomadas suaves para bajar por el otro lado, hice giros, pequeños saltos y derrapes en la nieve en polvo, aún virgen.
Estas son algunas de las fotos que resultaron de mi incursión y de este día tan maravilloso que mis amigos me regalaron.

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