09 febrero 2005

A mi amado

Sentí tu angustia y desesperanza, tu soledad interior que crecía con fuerza, despiadada.
Quedé sumido en confusión de valores que no buscan respuesta; mi alma se sintió abatida ante las dudas y caí.
Durante el tiempo que pasó sentí acompañarte en tu angustia y soledad desesperada. Ciertamente encontré maneras de distraer mi hastío pero no logré dispersar la tormenta que furiosa se abatía sobre mí conciencia. Mi corazón, ya casi inerte, inspiró el aliento del encuentro prometido, de la esperanza. Se tornó en suave bruma la bravía tormenta y danzó sus últimos compases al caer el Sol, acompañándolo a su refugio bajo el horizonte.
La noche calma dio calor a mi ser y la tibieza de su canto fue arrullando mis sueños donde encontré refugio para besar tus labios y entregar mi cuerpo a tu cálida piel de otoño.
El sueño se hizo cómplice de mis deseos de estar contigo; juntos jugamos entre mantos aterciopelados que cedían sin resistencia a nuestra algarabía. La realidad del nuevo día se desperezó junto a mí y con el último bostezo se desvaneció tu imagen. Ya mi boca sabía a dulzura, a encuentro, a unión. Es así que logro evocarte y transcurrir mis días, anhelando la noche para verte y estar contigo, para vivir tu más pura belleza, tu ternura.
El Cronos se está perdiendo en sí mismo, y sus incontables ritmos, ajenos a la memoria, continúan su marcha hacia todas partes donde ya no puedo ser yo y donde lo eterno se confunde con mi aliento. Mi imagen, ya desfigurada, ya etérea, no ve reflejo alguno que pueda darle referente, se ha consumido en sí misma y tienta a ciegas su destino, y mi voz, igual que otras voces, va diciéndome palabras compasivas.
La angustia ha dejado caer sus vestiduras de fina seda y se enfrenta desnuda a la inocencia del amor. El silencio ocupó lugar donde otrora habitaran las palabras; en desalojo callado, exquisito, ha tomado su lugar retornando al vacío que todo lo ocupa, donde puedo hallarte, donde estoy yo, donde nos fundimos en amalgama de cielos y almas, de caminos y búsquedas, de encuentro y muertes sin fin.
Ya no me importa definir el amor o probar su sabor, ya no quiero entender y comprender, sólo me basta reconocer mi sufrimiento para saber que estoy vivo y que todo existe y que donde mis ojos se posan en delicado intento, puedo verte y estoy contigo.

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