22 enero 2005

Zas! Y ahora qué? - Parte II

Zas! Y ahora qué? - Parte I
Volteé a mi derecha para mirar la laguna oscura al otro lado de la acera, una de esas tantas lagunas que salpican la ciudad de Orlando y hacen del diagrama de sus calles y avenidas un laberinto interminable, causa de mis habituales perdidas en las afueras de la ciudad. Escuché que el policía más joven, el que me había hecho la prueba de ebriedad minutos antes, me hablaba desde unos metros por detrás, a mis espaldas, y me pedía acercarme al patrullero: lo hice despacio, disfrutando de esa calma que me había poseído. Sabía con total seguridad que todo estaría bien pero no podía evitar sentirme como Neo, después de haber tomado la pastilla, sabiendo que nunca nada sería igual y que no había marcha atrás, pero la curiosidad de lo que estaría por desplegarse en mi vida ejercía un cierto poder masoquista sobre mí, era una mezcla rara de poder, aventura, intriga, y sobre todo una curiosidad casi morbosa.
Me arrimé al patrullero sin tocarlo y eché un vistazo rápido y detallado a su interior mientras me acercaba a la ventanilla del asiento de atrás, nunca antes había visto por dentro uno de esos autos de alta tecnología. Había luces de todo tipo en su tablero y frente al asiento del acompañante una computadora compacta que mostraba en su pantalla una ficha completa y a todo color de mis registros de licencia de conductor. Me sobresaltó ver mi foto en ese monitor. Las dudas y la inseguridad volvieron a hacer presa de mi, pero igual me repetía mentalmente: "estoy en manos de la vida y estoy en paz", "estoy en manos de la vida y estoy en paz", cuando el policía me pidió que le entregue mi billetera. La saqué del bolsillo de atrás de mi Levis y se la entregué mientras lo miraba fijo a los ojos. Nos cruzamos una mirada intensa, estática. Sus ojos claros resplandecían con la luz de las balizas azules y rojas que seguían girando sin parar. En ese momento el otro policía me pidió que apoye las manos sobre el baúl y abriera mis piernas. Me repitió que no volteara mi cabeza hasta que él me lo indicara. Obedecí en silencio. Sentí sus manos recorrer todo mi cuerpo; mis brazos, mi pecho, mi cintura, mis nalgas, mi entrepierna, hasta terminar en mis pies.
- He is clean, dijo al otro que seguía hurgando en los bolsillos de mi billetera.
- How much money do you have? Me preguntó.
- 20 dollars, le contesté, mientras volvía a mirarle a los ojos. Esta vez no me sostuvo la mirada.
Me acercó la billetera sin soltarla de sus manos y abrió un pequeño cierre debajo de los bolsillos, justo al medio de su pliegue, y sacó un billete de 2 dólares anudado que guardaba, siguiendo una cábala. Me preguntó por qué tenía el billete así doblado, se lo expliqué y me devolvió una mirada con una sonrisa cómplice que me ayudó a recuperar la serenidad y la confianza.
Aproveché para hacerle algunas preguntas sobre por qué me habían detenido, las que contestó sin darme una respuesta concreta. Volví a insistir. El otro se adelantó y me dijo que me veían dando vueltas desde hacía un tiempo y pensaron que estaría perdido y por ello me detuvieron para ver si necesitaba orientación. No creí su versión. Sonó demasiado correcta y civilizada, yo por mi parte sabía que la policía del centro de la Florida no era así, cosa que aprendí cuando vivía con Bárbara en un “mobil home” al poco tiempo de llegar a Orlando, pero eso es otro capítulo.
Nos interrumpió el más joven diciendo que había pasado bien el test de ebriedad pero que de todas maneras debería acompañarlos a la estación de policía para una prueba por computadora para estar seguros de los resultados ya que yo no parecía recordar bien cuánto dinero llevaba en mi cartera: si 20 o 22 dólares, porque había omitido decirle de ese billete que llevaba detrás de un cierre oculto en mi billetera. NO lo podía creer. El muy perro se estaba agarrando de eso para apresarme y la injusticia hirvió en mi sangre y me contuve para no replicarle y empeorar las cosas. Había quedado claro quién estaba al mando.
Tomó mi brazo derecho con un movimiento rápido y enérgico y casi sin darme cuenta estaba con mis dos manos esposadas tras mi espalda. La presión del acero sobre mis muñecas me hicieron sobresaltar y encorvar mi pecho hacia atrás. Me tomó de un brazo y me pidió que entrara al patrullero mientras abría la puerta. Me resultó graciosa la situación porque había hecho lo mismo un tiempo atrás, cuando me pidió que bajara del auto, había abierto él la puerta. La perfección en el movimiento de su cuerpo en cada cosa que hacía me tenía fascinado. Su mano agachando mi cabeza mientras entraba al coche me pareció una caricia.
Miré por la ventana y vi el auto de Martha con sus puertas abiertas y el otro policía revisando dentro del baúl. Mi chofer se dio cuenta y rápido me dijo que no me preocupara que ellos se harían cargo del vehículo y que debería firmar unos papeles ni bien llegáramos a la estación. Casi sin pausa agregó que no me preocupara, que yo no estaba arrestado sino solo detenido por un trámite de rutina policial. Iba a hacerle algunas preguntas y de inmediato me interrumpió diciendo que no podía hablarle hasta llegar a destino y que solo contestaría las preguntas que él me hiciera. Tragué saliva y miré por un costado de la ventanilla el paisaje que se desvanecía.
Entramos a una autopista luego de dar varias vueltas que me perdieron más aún de lo que ya me sentía. No había registrado si íbamos hacia Orlando o hacia dónde, este u oeste? norte o sur? No podía ubicarme ni reconocía nada. Cerré los ojos para descansar. Las esposas me molestaban con el roce del asiento de plástico vinílico negro.

El edificio era sencillo y blanco, montado sobre una plataforma de cemento pintado de celeste grisáceo. Subimos por la rampa lateral y entramos a una oficina como cualquier otra oficina administrativa pública, solo que los empleados vestían otro tipo de uniforme.
Me hizo sentar sobre un banco en un pasillo corto y se perdió tras unas puertas. El cansancio y la tensión que había pasado momentos antes estaba empezando a dar sus efectos y me invadió un profundo sueño, pero tenía que mantenerme despierto. Pasó una eternidad hasta que se abrieron las puertas y apareció Él. Me pidió levantarme y seguirlo. Caminamos hasta el final del corredor, cruzamos unas puertas y entramos a un salón grande y muy luminoso, sin ventanas al exterior y con varias cabinas cerradas con puerta de vidrio y laterales con vidrio también, a partir de un metro y medio del suelo más o menos. Abrió la puerta de una de estas cabinas y me sacó las esposas. Tenía las muñecas doloridas y lastimadas por el roce, pero el dolor era leve.
Pasé encerrado allí cera de una hora y media. Un reloj de pared blanco inauguraba las 4 de la mañana y el segundero amenazaba con hacer del tiempo otra eternidad más.
A mi derecha y tirado en el suelo sobre una campera de cuero estaba durmiendo un negro, acurrucado en posición fetal y con sus pies descalzos. En una esquina había acomodado sus zapatos. Lo miré mientras dormía y me preguntaba qué le habría pasado a él. Quizás lo habían detenido por droga? Estaría borracho? No me importaba realmente...
Ya eran las 4:45 a.m. cuando volvió el policía que me sacó de allí y me metió en una oficina con un par de escritorios y una mesada. Me hizo sentar junto a una máquina con unos tubos y un monitor de cuarzo digital sobre un panel con controles de los más variados.
Me pidió poner una boquilla en la boca y respirar normal hasta que él me pidiera que retuviese la respiración para soplar después con fuerza. Cuando me dio la señal soplé manteniendo un ritmo constante y una señal sonó en el aparato. Otro hombre que estaba en la oficina se acercó desde su escritorio y leyó los datos en el monitor, tomó unas notas y marcó un papel con su bolígrafo. Me pidió repetir la prueba pero tenía que soplar más fuerte.
Volvió a mirar el monitor y a tomar sus notas. Parecía un ritual de nunca acabar hasta que la señal no volvió a sonar más luego de soplar.
Después de pararme me pidieron firmar unos papeles donde estaba el resultado de la prueba, la fecha y hora y todos esos detalles de un formulario policial. El número decía 1.1
De inmediato me dijeron que estaba tres décimas por encima del legal y que a partir de ese momento estaba arrestado por conducir fuera del límite legal y que me trasladarían a la prisión de Orlando hasta que el juez me citara a declarar. Otra vez las esposas, las puertas, los pasillos, las rampas y el patrullero que esperaba donde nos había dejado.
Antes de entrar volvió a repetirme que no era nada, que no me preocupara que el nivel era dentro de los límites normales pero fuera del rango legal y que mi conducta había sido colaboradora y amable y que por ello él me daría una recomendación ante el juez y el fiscal del condado. Le pregunté que cuándo sería eso y si me devolverían mis pertenencias. Dijo que la licencia quedaría en manos de la oficina de tránsito y podía retirarla después de ver al juez si es que el no me la suspendía bajo el cargo de DUI (Drive Under Influence) o lo que en criollo sería manejar bajo la influencia de substancias.
Retomamos la autopista y dimos unas cuantas vueltas que otra vez me despistaron por completo y no distinguía ningún lugar, ninguna calle ni edificio conocido. Giró en una esquina y entró por una enorme portón de alambre tejido. Paró frente a una cabina donde por un parlante le pidieron dejar su arma en un cajón metálico que se había abierto por un costado de la caseta de cemento. Lo dejó allí y frente a nosotros se abrió un gran portón de hierro verde que daba acceso a lo que parecía un gran garaje. Me bajó del patrullero y me llevó a una puerta donde me recibió una mujer policía que después de saludar a mi acompañante me introdujo en el recinto.
Eran pasadas las 5 de la mañana y dentro del lugar había una gran actividad. Presos en trajes color naranja trapeaban el piso y se decían cosas unos a otros, la mayoría eran negros de gran porte y musculatura, como en las películas. La mujer me llevó hasta un mostrador donde firmé un papel de ingreso y una declaración jurada sobre mi estado de salud y las condiciones de trato recibido hasta el momento. De allí pasé a otro mostrador donde un hombre panzón me hizo quitar los zapatos y las medias para mostrarle las plantas de mis piés. Revisó después la comisura de mis brazos para saber si me inyectaba o nó. Todo estaba en orden, yo era un ciudadano "limpio", aunque ilegal. La ronda continuó hasta un gran aparato donde me hicieron una especie de scanner de todo mi cuerpo y luego unas fotografías que nunca pude ver cómo habían salido. No quiero ni imaginarme la cara que tendría en ese momento después de tanta tensión y sin haber dormido en toda la noche. Detrás de mí había otros detenidos que aguardaban en una fila para pasar por el mismo prcedimiento. Cuando terminé con todo ese trámite me tomaron las huellas dactilares con un aparato que las fotografiaba tras un vidrio opaco. De allí me condujeron al primer mostrador donde firmé más papeles que casi no tuve tiempo de leer con detenimiento y entónces empecé a asimilar mi situación.
Me condujeron junto a otros detenidos y nos metieron tras una puerta automática de acero dentro de un cuarto que no tendría más de 2 metros cuadrados. La primera vista fue espantosa. Todo tipo de hombres tirados unos sobre otros durmiendo sobre un piso imundo, otros reclinados sobre las paredes de pié, los pocos que estaban despiertos me miraron de arriba a bajo sin decir una sola palabra. Había un negro flaquito y alto, muy mal trazado que me sonrió. Le devolví la sonrisa con una mueca forzada. Una luz roja se encendió sobre el marco de la gran puerta y ésta se cerró con un ruido seco. El olor del lugar era nauseabundo y empotrado en una pared había un mejitorio de acero inoxidable con un bebedero sobre él. Toda la escena era deprimente. Qué hacía yo ahí adentro? Cómo había llegado a esa situación? No podía apartar de mi mente el momento en que decidí responder al mensaje privado de gay.com, no haber obedecido esa voz interior que me advertía no ir al encuentro. Empezaron las recriminaciónes y los reproches, la rabia, la impotencia, la desesperanza. Sentía que mi alma estaba fuera de mi cuerpo observando todo el depliegue de la obra que estaba protagonizando. A lo lejos escuchaba las voces de algunos detenidos que murmuraban entre ellos y se decían cosas. La puerta se abría cada tanto y entraba un nuevo inquilino que todos mirábamos como me habían mirado a mí cuando entré. Pasé más de una hora encerrado en esa lata de sardinas hasta que un guardia abrió la puerta y empezó a recitar nombres de una lista que tenía en sus manos. Uno de esos nombres era el mío. Nos llevó por un pasillo donde había otras celdas semejantes, abrió la puerta de una de ellas y todos entramos como un rebaño de ovejas sumisas. Este cuarto era mucho más grande, enorme y con bancos de cemento amurados a las paredes. Casi todos hablaban entre sí y solo unos pocos dormían. Había dos teléfonos sobre una pared junto a la puerta y varios haciendo cola para usarlos. Me ubiqué al final de una de las filas de espera hasta que llegó mi turno. Marcaba el teléfono de mi departamento para hablar con Martha y explicarle la situación, pero nadie contestaba. Ya no sabía qué hora era y supuse que se habría ido a trabajar, entonces probé llamarla al celular pero tampoco contestó. Dejé el teléfono en manos del siguiente en la lista de espera y me ubiqué en uno de los fríos bancos de cemento.
Algunos intentaban buscar conversación pero yo no quería hablar con nadie, simplemente no estaba de humor. Todos comentaban su caso y narraban entusiasmados su historia: unos por droga, otros por alcoholismo, otros por robo, la mayoría por infracciones de tránsito como haber chocado y estar borrachos o conducir con la licencia vencida y casos semejantes. La mayoría de lso que hablaba por teléfono pedían a un abogado, otros a sus familiares. Yo me sentí completamente solo, no tenía a quién llamar, no conocía a nadie.
Al cabo de un tiempo se abrió la puerta y dos presos de uniforme nos trajeron unas bandejas con sanwiches de jamón y queso, sobres de mayonesa, una manzana, una naranja y un jugo de fruta envasado para cada uno. Me devoré el desayuno y eso me ayudó a recomponerme del cansancio y la fatiga extenuante que sufía.
Horas más tarde nos sacaron de allí y pasamos por un exámen médico de rutina que cada uno firmaba al terminar. Después fuimos a otro lugar dentro del edificio donde nos hicieron desnudar y ducharnos en un gran baño colectivo. Al salir de la ducah nos entregaron una manta y una bolsa de plástico con un traje naranja como los que llevaban puesto los otros reos y utensillos de aseo personal como peine, jabón, cepillo de dientes y una toalla de mano gastada. Me enfundé mi nueva ropa y deposité la mía en la bolsa de plástico que entregué al oficial que supervisaba con mirada aburrida toda la operación.
Salimos del vestuario en fila india entrando por un pasillo y de allí a otro cuarto, un dormitorio común con decenas de camas literas de hierro. Yo no había liogrado habñar con nadie fuera de la prisión para aviasr de mi condición y pedía hacer una llamada. De mala gana me la concedieron y pude por fin hablar con Martha.
Martha: Hola Chino, cómo estas? Condenado te llevaste mi carro y yo tenía que ir a trabajar y son las 11 de la mañana y no apareces sino hasta ahorita. Dime dónde coño estas! En casa de quién amaneciste?
Alex: .....
Martha: y pués? me vas a contestar o aún tienes la boca ocupada. (carcajada)
Alex: Estoy en la cárcel, preso!!
Martha: ¿Qué? ¿Cómo? Coño, qué pasó Chino, cuéntame!
Alex: Ahora no puedo, estoy cerca de una autopista, creo que la I-4 pero no sé bien dónde.
Martha: Carajo Chino, esa es la penitenciería de Orlando, aquí cerca de donde vivímos. Dame un tiempo que me acomodo y salgo del trabajo y te voy a buscar. Dime, te han puesto fianza? Cuánto es?
Alex: No lo sé, no me han dicho nada y nadie te responde preguntas.
Martha: Bueno, tu tranquilo que yo voy para allá.
Colgué la bocina y entré al cuarto del brazo del policía que me esperaba. Miré a mi alrededor y elegí una cama apartada donde estuviera solo. Armé mis sábanas y me eché en la cama y quedé profundamente dormido.
Una voz por el altoparlante me despertó, repetía mi nombre una y otra vez. No sabía de dónde venía ni dónde estaba, todavía estaba dormido y confundido, hasta que caí en la cuenta de dónde me encontraba.
-Yes, atiné a decir.
-What is your birthday, preguntó la voz metálica.
-October 27th 1962, repuse.
-Ok, you are free to go now.
Esas palabras eran mágicas, era libre de irme! La emoción y la felicidad que sentí en ese momento eran indescriptibles. Junté mis mantas y me paré junto a la puerta que se abrió casi de inmediato. Me llaron de regreso al vestuario donde me entregaron mi ropa, me cambié, arrojé la bolsa con todo su contenido dentro de unos grandes canastos de lona y el guardia me acompaño de regreso a los mostradores. Allí esperé hasta que me llamaron por una ventanilla. La mujer que estaba del otro lado no parecía ser policía. Me dió unos papeles, en su mayoría copias de todo lo que había firmado y un papel naranja que me puse a leer. Era una infracción de tránsito que justificaba mi detención. Se leía: Por haber cruzado un semáforo en rojo. Eso no era cierto, lo sabía y me volví a ella para reclamarle. Oiga, esto no es cierto, le dije. Ella me miró inmutable y me contestó: Eso dícelo al juez cuando lo veas. Yo solo te entrego tus cosas, ok? Me di vueltas y me seguí las indicaciones luminosas que conducían a la salida. Me detuve un momento para acomodar mi ropa, ponerme el cinturón, el reloj y otros accesorios que llevaba puestos cuando me detuvieron. Por el vidrio de una puerta podía verse la luz del sol, miré mireloj y eran casi las 5 de la tarde de un jueves 23 de mayo del 2002.
Nunca antes me había alegrado tanto de ver a Martha, gorda y simpática como siempre se me acercó con un paquete en la mano. Me entregó una cadena de plata y me dijo: - toma Chino, par que se te pase el mal momento. Nos dimos un abrazo apretado y largo, sus grandes y mullidos pechos me recordaron a los pechos de mi madre y pensé en mi familia por un momento. Dos lágrimas se escurrían por mis mejillas hasta la comisura de mis labios y al probar su sal, rompí en un llanto silencioso.
Escuchando a Mozart, requiem nº7 (lacrimosa)

3 comentarios:

efra dijo...

esto que contas en el relato es todo veridico? o sea...te paso a vos?
se lo que es estar colgado en una carcel. la desesperacion por no saber que mierda van a hacer con vos es bastante indescriptible.
en especial cuando sos pendejo (como paso en mi caso).
bueno, no se que fue peor, si estar encerrado solo e incomunicado o la cagada a guantes que me pego mi viejo al enterarse (eeeee...la merecia, posta) :)

Polo Sur dijo...

Hace unos días ke lo leí... impresionante todo el relato... no dejo de sorprenderme con tus posts.

por suerte, todo terminò ràpido y bien, aunke debe haber parecido una eternidad...

beso

varona dijo...

Me encanta cuando escribes anecdotas de tu vida personal son todas muy entretenidas y la manera en q las relatas es simplemente fascinante, a mi en lo particular me encantan, es como leer las novelas de danielle steel..
saludos querido alex..