17 enero 2005

Zas!! Y ahora qué - Parte I

Ya eran pasadas las 2 de la mañana y el reflejo del monitor era lo único que alumbraba la habitación con su ronrroneo de fondo del aire acondicionado central de mi departamento. El sonido del teclado era interrumpido ocasinalmente por el de la botella de Marcus James tinto golpeando contra el borde del vaso, un pobre enlace con mi tierra natal y que se había convertido en mi compañero por los últimos meses de tanta angustia existencial y esa dolorosa sensación de saberme extraño en una tierra ajena.
Las ventanas se abrían y cerraban en el monitor, buscando esa relación de sexo pasajero, de un poco de contención, de poder fundirme en brazos de alguien y sentirme parte de algo. Navegaba los perfiles de gay.com donde pudiera ver fotos de los posibles candidatos y de repente la llegada de un mensaje privado me sacó de la monotonía y encendió mi curiosidad. No había foto, no había rostro tras las palabras. Decidí contestar, solo por cortesía.
Intercambiamos varias frases cortas, secas, aburridas hasta que llegó la invitación seguida de un número de teléfono. Me desconecté y llamé. Quería oír su voz. El teléfono sonó varias veces hasta que estuve a punto de desistir, ya era tarde de todos modos y si bien tenía el día libre, el cansancio y el astío ya habían hecho presa de mí, al igual que el alcohol que circulaba por mis venas. Mis cabilaciones se interrumpieron por su voz dulce, acogedora y socegada:
-Are you there?
-Sure, respondí con tono entrecortado.
Hablamos por unos minutos y quise dejar en claro que al no haber foto de por medio, no aseguraba que nuestro encuentro pudiese terminar en sexo, pero que de todos modos podríamos hablar y conocernos, ver qué pasaba. No hubo negativa del otro lado de la línea. Me dió las direcciones de cómo llegar hasta su casa en Maitland, a 25 minutos de donde yo vivía, rumbo al este por la highway I-4. No entendí bien pero de todos modos dije que sabría como llegar, le pedí me diera 45 minutos y estaría allí.
Mi voz interior me aconsejaba no ir, la ignoré; apagué la computadora y me metí en mi enorme baño, me duché rápido, me rocié con un poco de Xeryus, me vestí apresurado pero buscando dar una buena impresión y salí en busca de mi Pontiac coupé rojo. No arrancaba. Regresé a mi apartamento y en silencio entré en el cuarto de Martha quien dormía: una venezolana cincuentona y regordeta con quien compartía el lugar. En penumbras hurgué en su cartera buscando las llaves de su Ford Escort, salí de allí y en mi paso por la cocina le dejé una nota y tomé una lata helada de Frost, una cerveza australiana.
Monté en el coche y manejé hasta llegar a la salida a la I-4 east, estaba atrasado y no quería ser demasiasdo impuntual. Abrí la lata y me relajé, disfruté de las luces de la noche y de los edificios iluminados de Orlando, sus fuentes, su silencio en madrugada.
Un gran cartel verde sobre la autopista indicaba mi próxima salida, lo seguí hasta dar con una avenida ancha y desierta. Los semáforos eran lo único que veía en la distancia. Prendí un cigarrillo y bajé la vetanilla del auto mientras sorbía lo poco que quedaba en la lata de cerveza ya vacía. Aminoré la marcha y empecé a buscar con atención los nombres de las calles, dí varias vueltas, giros a la derecha, a la izquierda, avancé por calles cada vez más oscuras y silenciosas rodeadas de casas estilo americano con sus jardines bien cuidados y prolijos, pero no encontraba la calle donde debía girar. Me sentí perdido y con la tenue luz roja del semáforo donde me hallaba parado traté de leer el mapita que había dibujado sobre un pequeño papel garabateado.

El espejo retrovisor reflejó la luz de un auto acercándose detrás mío, levanté la vista y lo observé atento mientras se aproximaba. No!, no puede ser!! Qué hago ahora? Era un auto policial. Se estacionó detrás de mí y en ese momento la luz verde del semáforo me invitó a seguir la marcha pero yo no quería seguir con ese auto detrás mío. Sabía que había bebido y me sentí nervioso, el nerviosismo ya cambiaba a la categoría cagazo leve.
Viré a la izquierda y me adentré por una callejuela mientras vigilaba por el espejo retrovisor qué hacía el patrullero. Por un momento me calmé, parecía haberse quedado parado en el semáforo y me sentí aliviado, cuando de pronto las luces rojas y azules quebraron la oscuridad de la calle y una sirena pulsante anunciaba que debía detenerme. Así lo hice, cuidando no hacer ninguna maniobra sospechosa.
Del vahículo descendieron dos hombres, uno fornido y pasado en sus 50 años que se acercaba con una linterna encendida en su mano izquierda mientras con la derecha montaba guardia sobre la cartuchera de su 9 mm. Detrás y junto al patrullero había quedado su compañero. Me saludó muy cortés y me preguntó hacia dónde iba y qué hacía a esas horas de la madrugada, (ya las 3 am) dando vueltas con el auto. Le expliqué lo más calmado posible, que venía de mi casa e iba a visitar a una amiga. Me pidió la licencia de conducir y me ordenó permanecer dentro del vehículo. Yo mientras suplicaba la bendición del cielo y hacía un esfuerzo por no dejar traslucir mi nerviosismo. Repitió mi nombre hispano como un niño que está aprendiendo a leer y de inmediato preguntó si era alemán. Contesté que no.
Siempre había pensado que siendo inmigrante ilegal en Estados Unidos, mi pelo rubio y lacio y mis ojos verdes me ayudarían a pasar desapercibido, hasta ese momento en que mi fantasía de desmoronó cuando me preguntó de dónde era. De Argentina, respondí en un susurro.
- Oh!, so you are latino, dijo con una mueca de burla mezclada con desprecio.
- No, from Argentina, le contesté. Detestaba el tono con que lo había dicho.
Notó mi disgusto y tratando de retomar su falsa simpatía agregó algo a lo que no le presté atención.
Desde más lejos se oyó la voz de su compañero que quería saber qué estaba pasando.
- We have a latino here, respondió el hombre mientras seguía mirando mi licencia de conducir y alumbraba con su linterna mi cara.
- Estuvo bebiendo?
- No, well... solo un vaso de vino en la cena, le respondí casi con tono despreocupado.
De inmediato me pidió bajar del vehículo. Para este entonces su compañero se hallaba parado junto a él. Era un hombre jóven, muy fornido y musculoso pero de baja estatura. Pelo corto y ojos azúles claros con líneas angulosas que demarcaban su rostro. Se apoyó sobre el umbral de la ventana y miró el interior del coche. Yo ya había tirado la lata vacía de cerveza por la ventanilla en un descampado antes de tomar el último desvío y me felicité en silencio de haberlo hecho. Sabía que si encontraban un contenedor de cerveza en el interior del auto estaría sonado.
Se apartó despacio de la puerta y la abrió para dejarme bajar. Mi nerviosismo era tál que mi estómago empezó a revolverse y hacer toda clase de ruidos extraños, la presión en mi vientre era insoportable y tuve que hacer un esfuerzo monumental para no cagarme allí mismo, apretando los cachetes del culo y sosteniendome con la mano derecha sobre el techo del auto mientras cruzaba sigiloso mis piernas, casi como por casualidad. Fué mi peor error! Jamás debí haber intentado esa maniobra que terminó siendo interpretada por parte de mis captores como pérdida de equilibrio por ebriedad.

No pasó mucho tiempo hasta que me encontré parado frente al más jóven de los oficiales escuchando sus detalladas instrucciones sobre el test de ebriedad que me harían allí mismo. Yo solo atinaba a asentir con la cabeza sin pronunciar palabra. Él me ordenó que respondiera con un sí o un nó en voz alta, volví a asentir y eso lo puso nervioso. No me salían las palabras y el fluído inglés que sabía se había evaporado en algún rincón de mi cerebro.
Todo tipo de pensamientos cruzaban por mi cabeza mientras él seguía hablándome y dándome más indicaciones que apenas podía comprender. ¿De qué se trataba todo eso? Qué había hecho yo? Revisaba mentalmente cada uno de mis movimientos, mis giros y cruces de semáforo, acaso había cometido una infracción sin darme cuenta? Entonces surgió el fantasma de la deportación. Y si descubrían que era ilegal? Hacía poco menos de un año que había sucedido el atentado a las Twin Towers y el ambiente era tenso y la seguridad se había ajustado a grados inimaginables. La imágen de Martha me vino a la cabeza. Estoy con su coche y si por mi culpa también la deportan a ella? Mi desesperación y angustia eran monumentales, sentía morir por dentro, nunca había tenido una experiencia así en mi vida en que no sabía qué sucedería y donde no tenía el más mínimo control de la situación, a completa merced del destino.
Mientras mis miedos más profundos me castigaban una y otra vez, otra parte de mí había comprendido las instrucciones que el policía me había dado y empecé a caminar en linea recta un pié delante de otro, talón con punta, talón con punta sobre la raya amarilla en el pavimento oscuro. Mi equilibrio era bueno y cuando me dió la orden de detenerme creí por un momento que había superado la prueba y podría irme a casa y todo el episodio se convertiría en una mala experiencia nada más, en una anécdota más de mis andanzas por el sur de Estados Unidos que compartiría con mis amigos. Nada más lejando a la realidad.
Luego de esa prueba siguió otra de coordinación consistente en recitar el abecedario en inglés, tras esa llegó otra de control muscular, otra de equilibrio. Me encontré parado sobre una sola pierna y los brazos extendidos a los lados de mi cuerpo mientras debía tocar alternadamente la punta de mi nariz con el indice de una mano y después con el de la otra y cambiar de pierna al mismo tiempo pero siempre parado solo sobre una de ellas. Los retorcijones de mi estómago volvieron a la carga y no tuve opción más que bajar la pierna para contener la furia del chorro de mierda que quería salir a toda costa. Si me cagaba allí frente a ellos, sin dudas no tendría más oportunidades.

Hubo un silencio prolongado, nos cruzamos miradas. La tensión de mi rostro era evidente. Podía sentir que mi rictus era rígido y la presión entre mis mandíbulas me hacían doler los dientes.
Ellos se miraron en silencio y caminaron hacia el patrullero que seguía con sus luces prendidas alborotando la escena en medio de la calle desolada mientras sin mirarme me ordenaban permanecer donde estaba. Hablaron entre ellos algo que no pude llegar a oír y de pronto una calma apacible, una paz de espíritu invadió todo mi cuerpo y me sentí relajado. Algo en mí se entregó al destino y supe en ese momento que mi vida nunca más volvería a ser la misma de antes. Algo había cambiado dentro mío y una senda nueva en mi vida estaba por empezar.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estuvo muy bueno eso, se espera la parte II

yina dijo...

uf... que fuerte.
poco a poco uno va a aprendiendo que este es otro mundo. mucha suerte...

Alex dijo...

Yina, muy linda tu página y tu música. Gracias por lo que brindas a todos. Hace más falta gente como tú.

Un beso