11 noviembre 2004

Se Va

En mi última sesión de kinesiología me enteré que Claudia, mi kinesióloga, se va de Bariloche.
En un principio no me sorprendió porque ya hacía un par de semanas que cuando me proyectaba al futuro no la veía a ella en mi vida pero no sabía bien por qué. La confirmación llegó el miércoles.
Hablamos durante la sesión sobre sus motivos y la comprendí desde el corazón. Yo le había hecho la carta natal hacía ya un par de meses, antes de su cumpleaños y hablamos de un viaje que emprendería para diciembre y que le traería consecuencias económicas no muy positivas en principio y además estaba relacionado con su vida de pareja. Efectivamente se separó y por ese motivo decidió tomar distancia de este pueblo y probar suerte en otros horizontes. Por suerte no tien hijos y eso la ayuda a poder moverse con más libertad. Sus valores y objetivos de vida han cambiado para mayor libertad y expansión de sí misma.

Anoche me costó dormir y cuando finalmente pude hacerlo, me desperté pensando en ella cerca de las 5 de la mañana. Pensé en todas las cosas que vivimos juntos, todo lo que pudimos compartir como seres humanos y nuestras confidencias durante las sesiones.
Yo llegué a su vida sin poder sostenerme sentado ni poder moer casi nada de mi cuerpo y hoy ya estoy caminando con ayuda de un andador y claro, por su gran profesionalismo y capacidad.

Ella es y siempre será una persona importante en mi vida, alguien que estuvo a mi lado en los momentos más difíciles y en los logros también. Pudimos compartir temas personales muy profundos y hallé en ella a una verdadera amiga, dispuesta a dar de sí de manera desinteresada.
Ahora que se va siento que una parte de mi me abandona y a la vez siento que me pasa la posta para hacerme cargo del trecho que me queda por delante hasta mi total recuperación.

Me siento feliz por ella y por su coraje y tenacidad y deseo de todo corazón que le vaya bien y pueda encontrar lo que busca en este nuevo tiempo que le toca vivir.

Con todo mi amor y corazón Claudia, Dios te bendiga por haberte puesto en mi camino en este difícil período de mi vida. Has hecho tu tarea de forma impecable!

Te quiero mucho

08 noviembre 2004

Caminando

Miraba por la ventana de mi cuarto y afuera el sol del mediodía brillaba fuerte sobre un cielo azúl profundo. Las ramas de los pinos apenas si se dejaban mecer por una leve brisa de mediados de primavera. El agua del termo se estaba terminando y el mate se asemajaba a un rio de aserradero, palos flotando por toda la superfice.

Mis ojos se posaron sobre el andador rojo que me sonreía desafiante y encaré mi silla de ruedas hacia él, frené las ruedas y me paré erguido sobre mis piernas que todavía estaban adormecidas pero con ganas de moverse. Salí por la puerta principal de la casa y me quedé allí parado sintioendo el calor del sol, volví a mirar los pinos frente a mí y el estacionamiento cubierto de pequeñas piedras. Dudé un instante pero dí el primer paso y luego otro y otro hasta estar parado sobre el suelo desparejo bajo mis pies. Podía sentir la irregularidad de las piedras y más adelante el camino que me esperaba. La tensión de mis manos crecía mientras sujetaba los manubrios del andador que me soportaba. Paré un instante y me concentré en mis piernas para darles más firmeza, mayor seguridad. Avanzaba despacio pero firme mientras a cada paso levantaba el andador para desplazarlo un poco más hasta que casi sin darme cuenta y muy agitado, había llegado al otro lado del estacionamiento, unos 30 metros de camino habían quedado atrás. Me desplomé sobre el asiento del andador para descansar mis piernas que empezaban a temblar levemente en señal de agotamiento, dando la espalda a una suave pendiente que aún me esperaba. La sombra del radal que me cobijaba me ayudó a recuperar el aliento. Un zorzal me miraba desde una rama cercana y parecía sonreirme. Cómo hubiese querido tener alas en ese momento. Cerré mis ojos y respiré profundo hinchando mi vientre primero y mi torax después.

Volví a pararme tanteando la fuerza de mis piernas. Aún sentía el cansancio muscular. Me senté y esperé unos minutos más. Otro intento y enfilé hacia la cuesta que me llevaría a un pequeño portón de madera grisáceo por el tiempo, que me conduciría hacia la parte posterior del jardín de la casa. Avanzaba despacio y sentía el suelo de tierra húmeda cubierto de hojarasca bajo mis pies. La sensación era hermosa y me sentí felíz y excitado. Seguí avanzando mientras sentía mis tobillos acomodarse a los caprichos del suelo. También estaba asustado de caerme si mis piernas dejaban de responder. Con casi 1,85 mts de altura el golpe sería fuerte pero me reconfortaba pensar que la tierra sería capáz de amortiguar el impacto. Unos metros más adelante podía ver el portón de madera. En eso llegó mi hermana que se sobresaltó de emoción al verme y con una gran sonrisa me dió el ánimo y coraje para seguir adelante.
Los perros me miraban sonrientes desde el otro lado del cerco y mivían la cola con entusiasmo y los imaginé como mi hinchada personal dandome aliento en un encuentro deportivo decisivo. Les sonreí y seguí adelante. Mi hermana se adelantó para abrir el portón y me sostuvo un instante en que mis piernas empezaron a flaquear por el esfuerzo monumental que estaban haciendo.

Subí despacio y vacilante dos pequeños escalones de laja y ya en el pasto verde y esponjoso me senté a descansar una vez más. Mis piernas no paraban de temblar hasta que poco a poco recobraron la calma. Más allá, unos 40 metros más adelante estaba mi padre concentrado en la carne que se asaba sobre la parrilla. Escuchó el alboroto de los perros y se volteó para ver qué pasaba. No olvidaré jamás su cara de felicidad y asombro y sus brazos extendidos en el aire con un cuchillo en una mano y un largo tenedor en la otra dando gritos de emoción, aliento y hurras!

Jugué con los perros un rato y emprendí el último trecho del recorrido, ya sobre un suelo más estable y parejo. Mis tobillos estaban agotados pero mi entusiasmo y felicidad eran tales que no reparé mucho en ellos. Ya mi pierna derecha se resistía a levantar el pié del suelo en cada paso y con un leve arrastre seguí adelante.
Me senté junto a la parrilla con el aliento agitado pero mi corazón henchido.

Esta fué mi primera excursión larga sobre mis piés desde que quedé en silla de ruedas. Ya falta poco, ya falta menos.